El cortometraje Gambote, es el resultado de una experiencia de aprendizaje junto con Rosa e Irineo en 2018, artesanos ladrilleros de la ciudad de La Paz, Bolivia. Decidí filmar como una manera de compartir mi oficio con ellos a la vez que ellos me revelaban el suyo. Empezamos así a habitar un espacio, tiempo y experiencia común. ¿Dónde inicia y donde termina el retrato de un oficio? Compongo este texto como una conversación reflexiva a destiempo a partir de las conversaciones grabadas en aquel entonces y las notas en mi cuaderno.
Pasaron siete años de aquellos cuatro meses de intercambio que quedaron retratados en la película, donde generamos una amistad y un vínculo de confianza que prevalece hasta hoy. Tuvimos la oportunidad de estrenar el cortometraje en La Paz en 2022 en el marco del Festival de Cine Radical. “Les mostré lo que hago desde mis quince años y que hoy sigo trabajando con ese ladrillo que hacemos de la tierra, greda, arcilla. Confío en mi trabajo, no me avergüenzo y soy protagonista de este pequeño cortometraje” dijo Irineo al presentarnos en la cinemateca frente al público.
El Valle Chuquiago se torna anaranjado a medida que la ciudad avanza sobre los cerros. En las ciudades de La Paz y El Alto, el ladrillo se vuelve particularmente visible por la costumbre de mantener las fachadas de las casas de ladrillo a la vista. Mirar los ladrillos se había convertido en una obsesión, estaban en todos lados. Si hay mujeres trabajando en la construcción, debe haber mujeres trabajando en las ladrilleras pensé. En 2018, mi foco estaba en explorar la relación que las mujeres constructoras tenían con el ambiente del altiplano. Quería seguir el camino de transformación de la tierra, de la greda al ladrillo como unidad mínima con la que se estructura el hogar.
Me dirigí a Llojeta, la zona arcillosa de La Paz donde más de medio centenar de ladrilleras se asentó para alimentar la industria de la construcción de la ciudad. Caminando la conocí a Rosa. Yo estaba en busca de mujeres que trabajaran en las ladrillerías, y al contarle, ella me invitó a conocer la forma artesanal en que fabricaban, junto a Irineo, ladrillos gambote. Un ladrillo compacto que se llevan los panaderos para construir su horno de pan. Su forma de producción era diferente al procedimiento de los ladrillos huecos más comunes en la zona.
¿Cómo acompañar con la cámara los gestos del hacer? Esta es una pregunta que me vengo haciendo hace tiempo1, y respondiéndomela con la práctica. Acercarnos al espacio-tiempo de los oficios nos invita a sintonizar con otros ritmos, como la repetición, la espera y la escucha de los materiales de trabajo. Observar los gestos nos obliga a poner nuestra atención en las relaciones que se dan entre los cuerpos, los objetos, las fuerzas y los entornos. Nos invita a poner atención a que nuestra acción en el mundo se mueve en forma de correspondencia.













En ese entonces me encontraba realizando una investigación etnográfica y fotográfica acerca de las relaciones de fuerza que se establecen entre las mujeres trabajadoras de la construcción y su entorno. Cómo estas mujeres sostienen la vida y se involucran en el mercado laboral de las ciudades de La Paz y El Alto, Bolivia.
Antes de comenzar a escribir, llamé a Rosa por teléfono, hace meses que no hablábamos y me contó que con Irineo habían dejado de trabajar en la fabricación del gambote. Se habían tomado un descanso. Todavía no estaban seguros de si iban a retomar su labor al terminar la época de lluvias. Irineo comenzó a trabajar en la distribución de agua servida para les ladrilleros y Rosa, por el momento, está trabajando en la casa, dedicándose además de las labores del hogar a tejer ropa para su nieto. El comercio no rinde, me dijo. Pero quiere buscarse algo en que trabajar porque si no le da pena. Los cuerpos que trabajan haciendo esfuerzo físico constante, cuando se detienen, empiezan a mostrar sus dolencias. Duelen los pies, duelen las rodillas, duele la cintura. La última vez que los visité en 2022, Rosa me dijo que se sentía más cansada que cuatro años atrás, y con Irineo ya tenían la preocupación acerca de qué iban a trabajar cuando el cuerpo les pidiera descansar.
¿Cómo se sostiene la vida de les artesanes en la vejez? ¿Cómo es devuelta por la misma comunidad y el estado nacional la fuerza de trabajo entregada a lo largo de los años de forma continua y anónima en la fabricación de elementos que constituyen nuestra vida? Esta es una pregunta que nos atraviesa junto con la organización chilena Oficios Varios y la comparto para invitarles a pensarla juntes.
Irineo y Rosa son artesanos del ladrillo desde su juventud. Irineo aprendió en el campo y migró a la ciudad. Allí, él recuerda haber visto a Rosa por primera vez trabajando junto a su padre. Ella tenía 15 y él 22 años. Se conocieron como vecinos del barrio de Sopocachi, donde las ladrilleras estaban asentadas. Desde entonces trabajan en equipo desarrollando su maestría. Juntes encontraron su propio estilo, al punto de mandar a construir máquinas de prensado de ladrillo para mejorar la terminación e imprimirles su impronta.
Convivimos con ladrillos cotidianamente. Pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre el trabajo que acumulan. El proceso deviene en la mayoría de los casos imperceptible a nuestros sentidos. De ahí, la importancia y motivación de registrar audiovisualmente su producción. El deseo de hacer visible el esfuerzo y las relaciones de vida que este acto envuelve.
La producción artesanal del gambote tiene varios pasos, y lleva varias semanas completar la rueda de producción. La tierra arcillosa que se encuentra en las montañas se distingue por su color claro. Cada veta de arcilla puede variar en su color: rojo, plomo, amarillo, así igual los cerros. La arcilla tiene que usarse pura, no puede mezclarse con arena si no el ladrillo se resquebraja. En el proceso del ladrillo, ocurre la metamorfosis de los cuatro elementos básicos de la naturaleza: la arcilla (tierra), el aire, el agua y el fuego. Preparar la tierra, moler, chapear, amasar, dejar reposar, prensar, dejar secar, acomodar, hornear y vender son algunas de las acciones que realizan con habilidad y destreza Rosa e Irineo consecutivamente en su rutina diaria de elaboración. Su involucramiento material es total. En todo el proceso, fabricaban a fuerza conjunta veintisiete mil ladrillos.
El proceso de elaboración lo fui aprendiendo de manera desordenada, gracias a su repetición, fui encontrando cómo posicionarme para acompañar su hacer y qué espacio ocupar en ese diálogo. Antes de comenzar de nuevo se ordena el taller y se limpian las máquinas que habían estado paradas, durante la quema de ladrillos, con grasa y querosén. Observar el trabajo permite volver una y otra vez a una acción. Un movimiento repetitivo que es amable para el aprendizaje de quién lo acompaña con atención y paciencia. En este caso, lejos de la lógica de un rodaje, yo no era quién ordenaba la acción, o quién disponía qué se iba a hacer ese día. Mientras Rosa e Irineo trabajaban, acompañaba con mi presencia la intimidad de su día a día, a veces con la cámara, otras sin ella. Conversando, pijchando2, siendo parte de lo rutinario de las tareas de fabricación. El vínculo se construyó visitándoles una o dos veces por semana a lo largo de cuatro meses. Acomodándose a las posibilidades que cada día ofrecía.









En el tiempo compartido, no sabía que lo que iba a resultar era un cortometraje, era de las primeras veces que me comprometía a filmar algo de manera sostenida. Buscar un lugar donde poner la cámara y mantenerlo en el tiempo fue un ejercicio de prueba y confianza. Mientras filmaba elles hablaban conmigo y miraban a la cámara, evidenciando que éramos tres compartiendo un diálogo. Yo no estaba segura si esta era la forma de hacer una película. Era la primera que hacía. Expuse mis dudas con ellos y así iniciamos una conversación sobre qué eran los documentales y cómo queríamos que sea realizado este. Irineo, que le gustaba ver películas, entendió que una forma posible era hacer como que ni yo ni la cámara existiéramos, como si estuviera solo con Rosa.
Le propuse a Irineo un juego de puesta en escena. Le pedí que sea él quien movilice las preguntas hacia Rosa mientras acomodaba ladrillos en el horno. Una entrevista disfrazada de charla espontánea. La cámara fue como una compañía silenciosa de sus diálogos de pareja y equipo de trabajo, un testigo de sus rutinas diarias, un espacio donde abrir preguntas, enunciar sus sentires y depositar sus inquietudes. Los temas de conversación los eligieron elles.
A la hora de vender los ladrillos, Rosa me comparte, que como muchos artesanos, se enfrenta a situaciones donde les compradores quieren regatear o conseguir un descuento. A las grandes industrias no nos atrevemos a pedir una rebaja, pero a las personas que dejan la marca personal de su presencia en los objetos, sí. ¿Cómo evidenciar en el montaje audiovisual el tiempo que lleva cada tarea? ¿Cómo ayudar a una toma de conciencia sobre el valor particular de lo hecho a mano? Por momentos imaginaba tomas largas donde la persona que se enfrente al material en una instalación pudiera vivenciar a tiempo real las horas de trabajo. Pero finalmente decidimos, con Sebastián Zanzottera, el montajista, priorizar la relación entre cada parte del proceso, mostrando su separación con un corte a negro entre cada secuencia.
En Llojeta no hacía frío. Las montañas cambiaron de lugar con el correr de los años. Antes hacían de resguardo, pero el paisaje se modificó. Al llover, la tierra se vuelve barro y el agua fácilmente se filtra. En el suelo, no hay piedras que contengan, el peso se resiente, la tierra húmeda se hunde y por debajo el agua traza sus surcos abriendo canales. Los antiguos supieron advertir con su toponimia la característica del suelo. “Llojeta”, como su nombre aymara lo indica, es un lugar que tiene tendencia a resbalarse, porque su tierra es barro.
Irineo y Rosa recuerdan que en 2002 hubo un deslizamiento de tierra. Treinta hornos de ladrillo se derrumbaron aquel día. Dieciséis años más tarde, ya no quedan rastros de ese movimiento. “Igualito” ya se han puesto las plantitas, dice Irineo, como si no hubiese pasado nada. Poco a poco, las familias volvieron a asentarse, se volvieron a construir los hornos y vinieron pobladores jóvenes de otras zonas, a pesar de que la municipalidad lo prohibió.
Rosa no se olvida y llama a estar atento. En verano se recuerda, época de lluvia y cuando sale el sol se olvidan de que Llojeta es una zona roja. Es su naturaleza, dice Rosa, da miedo cada año que pasa. “No hay caso, no hay otro lado donde vivir, acá está la arcilla. Este es nuestro trabajo, en otra parte, ¿de qué vamos a trabajar? Este nomás sabemos, cómo hacer ladrillo. Si supiéramos hacer otra cosa, también podemos estar a otro lado.” Un oficio crece localizado en un lugar, por su acceso a la materia prima. Cuando este acceso se ve afectado por la privatización del terreno o la crisis ambiental, el desarrollo del oficio se ve perjudicado directamente.
En invierno, las nubes significan heladas. La helada hace temblar los cuerpos porque congela los ladrillos. Y, cuando se convierte en nieve, es vista como un castigo. En verano, las nubes anuncian que es tiempo de lluvia. Si a los ladrillos los pesca la lluvia, se humedecen, se arruina el ladrillo y se pierde el esfuerzo de varios días de trabajo. Ni a la lluvia, ni a la helada se las desean en Llojeta, más bien se les teme. El ladrillo tiene que estar bien seco para entrar al horno, si no corre el riesgo de reventar como dinamita. El mes deseado es octubre, por su sol pleno. Sin nubes duermen tranquilos.
¿Qué trabajo se hará sin mirar el cielo? Una vida que vivió mirándolo y que traza su hacer en relación con el clima da cuenta de la relación socio-ecológica que tienen los oficios con su entorno. El ritmo de esta relación es estacional, al igual que el trabajo de la siembra. Acompañarles me enseñó a tener un enfoque ecológico al percibir el trabajo que implica atender a una cosmopraxis, donde hay una convivialidad y co-participación con los elementos vivos que rodean al oficio. “No puede haber vida, en definitiva, en un mundo donde la tierra y el cielo no se combinan y se mezclan”3.
El verano en que estaba compartiendo con elles, Irineo recibió una llamada de su hermano para advertir que el clima afectó la producción de papa, perdiendo la cosecha y que el valor de la papa iba a subir en el mercado. Irineo se preocupó. Si la papa subía, la vida se iba a encarecer. Trabajó duro para hacer una producción excelente, ya que el ladrillo fallado vale menos y es su única moneda de cambio. Toda una vida mirando el cielo cansa, especialmente si el clima cambia y se vuelve imprevisible, por ejemplo, si las lluvias se vuelven más fuertes por el cambio climático.
¿Qué implica escuchar un oficio? Acompañar los oficios es educar la atención. Una prolongada clase magistral en la que uno como novato gradualmente aprende a empatizar con los modos de ver, escuchar y sentir de les otres. Registrar el trabajo es un acercamiento a las formas de habitar el mundo. Es detenerse a observar la textura íntima de un proceso de génesis. Implica acompañar la transformación de la materia, con atención al movimiento de crecimiento del que todes participamos. Un movimiento que traspasa los límites de los talleres, de nuestras disciplinas y se une a las fuerzas del entorno. “Vivir es siempre un devenir en relación con otros, un dar forma y un ser formado, un “criar y dejarse criar”4. El trabajo artesanal, tanto del cine como el de los ladrillos, convive en una relación consciente y recíproca con el movimiento de la vida y de lo vivo, y reside hasta en el suelo que nos sostiene.
Comparto y aspiro a una forma de hacer cine y antropología que genere un intercambio continuo, operando en ambos sentidos con quienes co-participan. Que se preocupe por pasar tiempo, hablar y escuchar. Que indague con voluntad y de manera generosa. Que teja puentes sobre las brechas de clase, habitus cultural, y de generación, desde una ética del trabajo. Que invite a que las percepciones mutuas se transformen y que permita surgir un “nosotres” intersubjetivo. Que se proponga pensar juntxs críticamente las condiciones y los caminos potenciales a través de los cuales la vida pueda seguir andando en el mundo único en el que todes habitamos5.
Quiero dejar un agradecimiento a Constanza Cabrera por su ayuda en la edición y revisión de este texto. Y a los colectivos, Ríos de Abajo y Oficios Varios que me acompañan a pensar los oficios y el cine cotidianamente.
- Bensadon (2020) “Acompañar con la cámara los gestos del hacer” en: https://oficiosvarios.cl/acompanar-con-la-camara-los-gestos-del-hacer/ ↩︎
- Pijchar: acto de mascar coca, acullicar, manteniendo las hojas entre los dientes y los tejidos interiores de la mejilla, sacando con la saliva su jugo. En los Andes se acostumbra a pijchar coca antes de comenzar a trabajar y en los descansos del trabajo, da fuerza, saca el hambre y la sed. El sentarse a pijchar, establece una pausa, un estado meditativo y reflexivo, un momento para prepararse para el esfuerzo. Existe una vinculación ritual con esta planta. ↩︎
- Tim Ingold, “Bringing things to Life: Creative Entanglements in a World of Materials” en Realities Working Papers (15), Manchester, ESRC National Centre for Research Methods, 2010. [Traducción: Andrés Laguens] ↩︎
- Koen De Munter, “Ontología relacional y cosmopraxis, desde los Andes. Visitar y conmemorar entre familias Aymaras”, en Chungara Revista de Antropología Chilena, Volumen 48, Nº 4, Arica, Universidad de Tarapacá, 2016. ↩︎
- Ver: Ingold, T. (2015). Líneas: una breve historia. España: Editorial Gedisa.; Le Guin, Úrsula K. (2019). Contar es escuchar. Epub. Traducción: Martín Schifino; Rivera Cusicanqui, S. (2015). Sociología de la imagen. Buenos Aires: Tinta Limón. ↩︎
Bibliografía complementaria
Bardet, M. (2019). Hacer mundos con gestos. Buenos Aires: Cactus.
Heidegger, M. (1951). “Construir, habitar, pensar”, conferencia pronunciada en el marco de la “segunda reunión de Darmastad”, Vortage und Aufsatze, Pfullingen: Neske.
Ingold, T. (2000). The perception of the environment: essays on livelihood, dwelling and skill. Nueva York: Routledge.
Ingold, T. (2015). Líneas: una breve historia. España: Editorial Gedisa.
Lehm, Z. y Rivera, S. (1988). Los artesanos libertarios y la ética del trabajo. La Paz: THOA.
Rivera Cusicanqui, S. (2018). Un mundo ch`ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta Limón.
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